| Dr. Francisco Javier Goñi
Dra. Mercè Guarro
INTRODUCCION
Durante las últimas décadas, la definición de glaucoma ha ido cambiando progresivamente. Goldmann
reconocía en 1954 como esencial la presencia de hipertensión ocular. Hirvelä, Tuulonen
y Laatikainen hablan de glaucoma en 1995 como la presencia de daño en la cabeza del nervio
óptico, independientemente del nivel de presión intraocular (PIO) observado.
Actualmente, las
tendencias para considerar un diagnóstico de glaucoma priorizan la identificación de signos, bien
en la papila, bien en la capa de fibras nerviosas, o bien en ambas. La presencia de hipertensión
ocular o de daño funcional no son requisitos indispensables. Es remarcable, sin embargo, que una
definición de glaucoma con plena certidumbre exige la observación de progresión o empeoramiento.
La constatación estructural o funcional de este hecho necesita tiempo, metodología y
la aplicación de unos criterios, que son diferentes según el clínico que los utilice. Por todo ello, la
definición clínica de glaucoma debe ser operativa, es decir, útil para el clínico. El consenso actual
aboga por criterios estructurales como los más eficientes para alcanzar un diagnóstico de glaucoma
en sus fases iniciales. En otras palabras, el diagnóstico del glaucoma exige un conocimiento suficiente
de la morfología papilar y de la capa de fibras nerviosas. El problema principal radica en la
enorme variabilidad que muestra la normalidad, como siempre en la biología. La identificación de
características propias de valor patológico es difícil cuando la enfermedad no se halla en un estadio
avanzado.
La presente monografía ha pretendido revisar, de una manera breve, pero clara y sistemática, el
conocimiento más reciente sobre la morfología y morfometría papilar, así como la interpretación
de los cambios sobre la capa de fibras nerviosas, y el valor de ambos para el diagnóstico del glaucoma
a tiempo.
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